Lunes, 13 Abril 2020

Historias de Esquel: los bandoleros norteamericanos que se escondieron en la Patagonia

A  tan solo dos horas de Esquel y a escasos diez kilómetros de Cholila,  tomando un desvío de la Ruta 71, hay una vieja cabaña de troncos con  techo de dos aguas que soporta el paso del tiempo, presumiendo haber  alojado entre 1901 y 1905 a dos de los bandidos más buscados en Estados  Unidos: “Butch Cassidy” y “Sundance Kid”.

Año tras año, esta  construcción de cuatro habitaciones, ubicada a pocos metros del Río  Blanco, suscita la atención de numerosos viajeros y turistas que arriban  para interiorizarse de la curiosa y sorprendente historia.
 
La  reconstrucción de este singular capítulo en la vida de los famosos  bandoleros “Butch Cassidy” y “Sundance Kid”, prófugos de la Justicia  norteamericana, apela a anécdotas incomprobables que comparten hilos  conductores y bifurcan sus caminos en los detalles y los nombres  propios, y a un preciado y detallado expediente judicial de mil páginas  que vio la luz años más tarde. Fotos que han emergido de los álbumes  familiares de los pobladores han ratificado la identificación de los  forajidos, al contrastarse con los carteles de “wanted” (“Buscados”) que  supo difundir la empresa de seguridad Pinkerton, que llegó a la  Argentina siguiéndoles los pasos. Libros, artículos periodísticos e  incluso una película de Hollywood (“Dos hombres y un destino”, con la  actuación de Paul Newman y Robert Redford) han retratado ampliamente las  andanzas de estos polémicos personajes. Su residencia en la Patagonia  Argentina, sin embargo, sigue develando misterios.
 
De bandoleros a ganaderos
Robert  LeRoy Parker y Alonzo Longabaugh, alias “Butch Cassidy” y “Sundance  Kid” respectivamente, dejaron en Estados Unidos a su banda, “The Wild  Bunch” (“La Pandilla Salvaje”), cuando el asedio de la Justicia les  pisaba los talones. Al puerto de Buenos Aires arribaron en marzo de 1901  con sendos nombres falsos: “Butch Cassidy” eligió el de James Ryan y  “Sundance Kid” se hizo llamar Harry Place. Llegó con ellos una joven,  Etha Place, pareja de este último.

El  historiador Marcelo Gavirati, que ha indagado en cuanta fuente ha  podido para contar la historia de estos dos bandoleros, precisa que,  tras el arribo, de inmediato se alojaron en el Hotel Europa, que daba al  Río de la Plata. Se estima que eligieron la Argentina como lugar para  esconderse, merced a la publicidad que abundaba en las revistas  internacionales, alentando a poblar las tierras de la Patagonia, que el  Estado argentino difundía como inhabitadas.

Fueron  los hermanos George y Ralph Newbery, dentistas y vicecónsules de  Estados Unidos en Buenos Aires, quienes recibieron a “Butch Cassidy” y  “Sundance Kid”, ocultos detrás de sus identidades falsas, y quienes les  sugirieron instalarse en la Patagonia. Los hermanos Newbery, que tenían  intereses en Neuquén, al norte del Lago Nahuel Huapi, en la zona de la  estancia La Primavera, anhelaban poblar la zona de inmigrantes  anglosajones para a futuro solicitar que se les permitiera erigir una  colonia allí.

Los  Newbery les comentaron a los recién arribados que de Bariloche al sur  había muchas tierras disponibles. Los “falsos” inmigrantes expresaron su  deseo de instalarse para desarrollar emprendimientos ganaderos. Dos  meses después, junto a Etha Place, tomaron un tren en la estación de  Constitución en Buenos Aires y, tras pasar por Bahía Blanca, arribaron a  Neuquén. Con asistencia de un baquiano, finalmente se instalaron a  orillas del Río Blanco, en Cholila, que en esos días contaba con tan  sólo seis familias.

Tras  abrir una cuenta en la sucursal porteña del Banco de Londres y el Río  de la Plata, con el dinero que habían traído de Estados Unidos,  adquirieron medio centenar de hectáreas del noroeste del Chubut, al pie  de la Cordillera de los Andes. Allí se dedicaron a la ganadería vacuna y  ovina, y a la cría de caballos. Investigaciones refieren que en 1902,  Cassidy, con su nombre falso se presentó en la Dirección de Tierras y  Colonias de Buenos Aires, informando que había colonizado unas 625  hectáreas y reclamando su título de propiedad.
Mientras  los bandoleros avanzaban en sus reinvenciones identitarias como  empresarios ganaderos patagónicos, la empresa Pinkerton había dispuesto  hacer espionaje a toda la correspondencia que llegara de parte de Butch  Cassidy y Sundance Kid a sus familiares y amigos en los Estados Unidos.  Así descubrieron que habían huido hacia la Argentina. A su caza partió  el detective Frank Dimaio, quien arribó al país en marzo de 1903 con el  solo fin de detenerlos. El clima patagónico retrasó su viaje. Mientras  tanto, desde Norteamérica veían con buenos ojos que los prófugos se  mantuvieran a distancia.

“Tengo  500 vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla, dos peones que trabajan  para mí, además de una casa de cuatro habitaciones y galpones, establo,  gallinero y algunas gallinas. Los Estados Unidos me resultaron  demasiado pequeños durante los últimos años”, supo decirle Butch Cassidy  a una amiga en una carta. De ése y otros testimonios, se deduce que la  idea inicial de los bandoleros era establecerse en la Patagonia para  vivir el resto de la vida en paz, alejados de la delincuencia y a salvo  de la persecución de la Justicia.
 
Parte de la comunidad
Robert  LeRoy Parker, alias “Butch Cassidy”, nació el 13 de abril de 1866 en  Beaver, Utah, Estados Unidos. Próximo a cumplir los 35 años, al arribar a  la Argentina contaba en su haber con un importante prontuario como  asaltante.
El historiador Marcelo Gavirati destaca su aguda inteligencia  y su perfil provocador, subrayando que el nombre que eligió para  ocultar su verdadera identidad al embarcarse para Argentina, fue James  Ryan, tomando el apellido de un comisario que supo detenerlo tiempo  antes. Harry Alonzo Longabaugh, “Sundance Kid”, había recibido ese apodo  por la cárcel de Wyoming en la que pasó 18 meses por robo de caballos.  Un año menor que su compañero, Longabaugh había nacido en Mont Clare,  Pensylvannia.

Los  robos de “The Wild Bunch” se hicieron famosos no solamente por sus  dimensiones (bancos y trenes), sino también por la planificación que  había detrás. Se cuenta que solían llegar mucho antes a los lugares para  estudiarlos bien y hacerse conocidos de la gente. Y que para facilitar  la huida, cortaban los cables del telégrafo y tenían caballos ubicados  en postas preestablecidas. También se destacaba que no apelaban a dejar  muertos inocentes en el camino de sus actos delictivos.

Conocer  sus perfiles ayuda a entender cómo fue que vivieron en Cholila hasta  1905 como dos inmigrantes más, logrando un respetable concepto por parte  del resto de la comunidad. Se recuerda la relación cercana que  mantuvieron, paradójicamente, con un ex sheriff estadounidense, oriundo  de Texas, John “Comodoro” Perry. Él se instaló en Cholila en 1903 y  sostuvo un vínculo social y comercial con los bandoleros. Hay quienes  sospechan que Perry conocía la identidad real de los prófugos, otros  descartan esa hipótesis. Lo cierto es que cuando Butch Cassidy y  Sundance Kid decidieron irse de Cholila, es a Perry a quien le enviaron  la carta de despedida.

En  otra anécdota sorprendente, el propio gobernador del territorio  nacional del Chubut, Julio Lezana, quien había asumido el 8 de mayo de  1903, en una de sus primeras medidas de gobierno realizó un recorrido  por el oeste provincial y en ese marco, arribó por la cabaña de los  bandoleros, desconociendo sus verdaderas identidades. En la charla, los  prófugos, junto a otros pobladores, defendieron la propuesta del  vicecónsul George Newbery de crear una colonia norteamericana en la zona  y aclararon que sólo pretendían tierras y de ningún modo perjudicar a  sus vecinos chilenos, argentinos y de otras nacionalidades, como rescata  el mismo Gavirati en el libro “Buscados en la Patagonia”.
También  mantuvieron relaciones los bandoleros con la familia Hammond, de origen  inglesa y radicada en Esquel, quienes solían visitarles. Precisamente  hay una fotografía que da cuenta de esto, en la que aparece una decena  de personas delante de la cabaña. Nietos de George Hammond supieron  reconocerse en la imagen, años después.

También  tejieron relaciones con la familia del galés Daniel Gibbon, cuyos hijos  vivían en Cholila, pese a que él se había mudado a Esquel. Fue  precisamente Gibbon quien se encargó, cuando los bandoleros decidieron  precipitadamente dejar Cholila, de saldar las deudas que Butch Cassidy y  Sundance Kid, con sus identidades falsas, habían dejado en la región.

En  el imaginario colectivo, además, una anécdota deja entrever que la  identidad fraguada de Butch Cassidy y Sundance Kid no habría sido tan  desconocida (o al menos sus perfiles delictivos) para algunas familias  de la región. El relato, que coincide en detalles, aunque los  protagonistas mencionados difieren según quien lo narre, refiere que  cierto día una de las familias de la zona, que pudo haber sido la de los  Hammond, la de los Thomas o la de los Perry, visitaba la cabaña de  Butch Cassidy y Sundance Kid, cuando de repente un perro que estaba  dando vueltas por allí, apareció con una mano humana en el hocico. Los  anfitriones habrían solicitado a los visitantes que mantuvieran el  episodio en secreto. Hay quienes intuyen que la mano podría haber  pertenecido a algún detective de la agencia Pinkerton, a quien pudieran  haber capturado mientras les seguía los pasos. Al día siguiente, la  familia que andaba de visitas no tardó en levantar sus cosas y volver a  casa, a resguardar en relativo silencio la historia.

Se  infiere que el paso de los prófugos por Cholila no tenía ningún interés  delincuencial, sino más bien el de hallar un lugar donde establecerse  para llevar adelante una nueva vida. Como un elemento de color,  complementario de lo anterior, se dice que la pareja de bandoleros llegó  a incorporar hábitos nativos como la infusión del mate. En su libro  “Buscados en la Patagonia”, Gavirati refiere que, en el asiento diario  del boliche de Jones y Neil, en el costado neuquino del Río Limay, quedó  asentado que en un alto en un viaje camino a Buenos Aires, Harry Place,  Ethel Place y James Ryan, adquirieron “dos kilogramos de yerba, uno de  azúcar y una bombilla”.

En  ese viaje, Cassidy, utilizando su nombre falso, “se presenta en la  Oficina de Tierras y Colonias, donde denuncia haber ocupado cuatro  leguas cuadradas en el valle de Cholila, solicitando prioridad para la  compra” a su nombre y de su socio. Atentos a que el gobierno argentino  pretendía convertir al oeste chubutense en una colonia agrícola,  solicitan el reconocimiento formal de su poblamiento del lugar, para ser  considerados con los beneficios de la “Ley del Hogar”, mediante la cual  el Estado argentino otorgaba un cuarto de legua cuadrada (625  hectáreas) a todo argentino, o extranjero dispuesto a naturalizarse en  el término de dos años, en condiciones sumamente ventajosas”.
 
El paso a la leyenda
El  asalto al Banco de Tarapacá y Argentina en Río Gallegos, el 14 de  febrero de 1905, por parte de dos bandidos angloparlantes, precipitó a  la empresa Pinkerton a intentar detener a Butch Cassidy y Sundance Kid, a  quienes se los señalaba como principales sospechosos.
Como  se dijo, se estima que la voluntad de los prófugos bandoleros era  sostener esta vida de hacendados y mantenerse al margen del devenir  delictivo que habían trazado en Estados Unidos. Sin embargo, el  comisario Edward Humphreys, un argentino galés amigo de Butch Cassidy,  desde Trelew les informó que la agencia de detectives Pinkerton estaba  en la Patagonia, buscándoles. A partir de allí, el plan se trastocó y  los bandoleros empezaron a planificar la nueva huida. El gobernador  Lezana ya había emitido una orden de arresto.
Liquidaron  toda la hacienda, vendieron las mejoras que habían realizado y un  derecho de posesión a una compañía chilena. Saldaron todas las deudas  que habían sostenido durante cuatro años con su círculo social y  comercial. Enviaron cartas de despedida. Cuenta la historia que sus  vecinos y amigos se sorprendieron cuando se hicieron públicas sus  verdaderas identidades. Unos pocos habrían sabido verdaderamente quiénes  eran. El mencionado expediente de mil páginas recoge las últimas cartas  en las que saldan las deudas, puntillosamente, con cada acreedor.
Con  uno de sus peones, el trío huyó a San Carlos de Bariloche y se embarcó  en el vapor El Cóndor por el Lago Nahuel Huapi. Cruzaron la frontera por  el Paso Pérez Rosales y arribaron a Chile por Petrohue, desde donde  siguieron hacia el lago Llanquihue y de allí a Puerto Montt. Un tren a  vapor los depositó en Valparaíso y de allí siguieron su ruta hasta  Santiago de Chile. El mencionado itinerario era promocionado como un  recorrido turístico.
Sin  embargo, ya devueltos de la vida bucólica de ganaderos de montaña, el  19 de diciembre, de regreso en Argentina, junto a una cuarta persona,  robaron el Banco de la Nación de Villa Mercedes, San Luis. Perseguidos  nuevamente, volvieron a cruzar hacia Chile para resguardarse.

El  epílogo de sus historias los separa y los une nuevamente. Etha Place  regresó a los Estados Unidos. Butch Cassidy se creó una nueva identidad,  Santiago Maxwell, a través de la cual consiguió trabajo en la mina de  estaño Concordia en Santa Vera Cruz, en los andes centrales bolivianos.  Allí se reunió nuevamente con Sundance Kid, cuando volvió de dejar a  Etha en los Estados Unidos. Si bien parecía que por fin los bandoleros  iban a abandonar el delito para retomar la idea de una vida más normal,  el 3 de noviembre de 1908, asaltaron a un correo de una mina, que  llevaba consigo el dinero de los salarios de los obreros.
Tres  noches después, el 6 de noviembre, la policía y el ejército rodeó la  casa en la que se escondían, en San Vicente, y tras un intenso tiroteo,  les encontraron sin vida en el interior. Estudios forenses estimarían  que no murieron alcanzados por las balas de sus perseguidores, sino  suicidados ante el asedio.

Una  hermana de Butch Cassidy aseguró tiempo después que en verdad él no  había muerto, sino que había regresado a los Estados Unidos para vivir  en el anonimato. Otras anécdotas dan cuenta de que Sundance Kid tampoco  moriría en aquel episodio en Bolivia y que, por el contrario, también  habría huido hacia los Estados Unidos, donde fallecería tres décadas  después, en 1937.
En  cualquier caso, el paso de Butch Cassidy, Sundance Kid y Etha Place por  la Patagonia Argentina está atravesado por historias cruzadas e  inevitablemente genera atracción entre numerosos visitantes y turistas.  No probablemente como un elemento turístico, sino más bien como un  atractivo histórico. La hipótesis sostenida de que Cholila fue en algún  momento de sus vidas el lugar elegido para retirarse del delito y que,  en torno de ello, llegaron a inventarse nuevas identidades y a tejer una  relación tan cercana con la comunidad, vuelve aún más espectacular la  historia e invita a sumergirse de lleno en la leyenda.
 
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